Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

domingo, 2 de febrero de 2014

El Rincón para Niños

Fiel Hasta la Muerte

Sucedió que un muchacho y un perro, los dos vagabundos y los dos abandonados, se hallaron un día juntos e hiciéronse amigos. El chico era pequeño y débil; el perro, en cambio, era grande, vigoroso, lanudo y negro. Corrían por la ciudad, jugaban, repartíanse los mendrugos amigablemente, y por la noche acurrucábanse en un rincón cualquiera y dormían juntos. Así conseguían matar el tiempo y remediar el frío.

Hasta que una noche de invierno, no bastando las lanas del can para amortiguar el intenso frío de la madrugada, el chico, sin darse cuenta de ello, pasando dulcemente de la vida a la muerte, se quedó helado en un rincón. Entonces el perro, comprendiendo la desgracia de su compañero, salió al medio de la calle y comenzó a aullar con toda su fuerza.

Oyendo aquel aullido lastimero e insistente, todos los seres que andaban desde el alba en la ciudad buscando su pan, los albañiles, los traperos, los barrenderos, acudieron hacia el niño y pusiéronse a comentar el suceso.

-¡Pobrecito niño!

-¡Infeliz angelito!

-¡Cuánto habrá sufrido!

Y un hombre de cara torva, que tiritaba bajo su raída manta, exclamó iracundamente:

-¡En cambio, los señorones tendrán a sus chicos bien abrigados en sus camas, mientras los pobres se hielan en la calle!

Entretanto, el perro, plantado en mitad del arroyo y con el hocico mirando al cielo, lanzaba unos aullidos lastimeros, unos aullidos interminables y desgarradores. Tan lastimeros y tan quejumbrosos eran aquellos aullidos, que los traperos y los albañiles, los barrenderos y los guardias se volvieron hacia el perro y trataron de espantarlo. A todos, pobres seres vencidos y derrotados a quienes amagaba la desgracia y el hambre, a todos les producía el quejido del perro una impresión tétrica y aterradora.

-Está oliendo la muerte, dijo una vieja trapera.

Una beata que allí había, acudió, se santiguó y dijo:

-Está oliendo la muerte, sí, y quiera Dios que no sea únicamente el chico quien muera hoy entre nosotros.

-¡Maldito perro!

Pero el albañil de la cara torva, irritado por aquel lamento desgarrador, agarró su cuchilla de trabajo y se la arrojó al perro. El perro entonces gimió, corrió algún trecho atrás y se calló.

Cogieron, pues, al chico y se lo llevaron al cuarto de socorro. Allí colocaron el cadáver sobre una mesa y aguardaron a que viniese el médico; los guardas y los practicantes de servicio, aburridos y helados, pateaban el suelo y se soplaban las manos para calentarlas. Pero nadie sabe cómo el perro se coló dentro del cuarto, olió el cadáver, la lamió la mano y el rostro, y al fin se plantó en el centro de la estancia, levantó el hocico y comenzó a aullar lastimeramente.

-¡Maldito perro!
En aquel instante llegaba el doctor refunfuñando de su suerte; tropezó con el perro y le dió un puntapié. El perro, sin embargo, continuó quejándose más tristemente que nunca, y su aullido lastimero se hizo completamente desesperado.

-¡Echad ese perro de allí!… gritó el médico irritado.

Y vino un guardia con el sable y le pegó al perro un golpe formidable en la cabeza. El perro gimió, agachó la cabeza y se calló. Después cogieron al chico y lo metieron en una camilla; dos hombres cargaron con ella y se alejaron camino al cementerio.

Hacía un frío espantoso en aquella madrugada de diciembre. Camino adelante, con su carga liviana en las manos, los dos hombres marchaban a compás. El perro les seguía y a veces se acercaba a la camilla y olía a su amigo y corría al centro del camino y aullaba desgarradoramente.

-¡Toma, toma!, dijo uno de los hombres, ese perro huele a muerte.

-Dicen que es mala señal, añadió el otro.

Entonces uno de los camilleros cogió un gran pedrusco y se lo arrojó al perro con toda la fuerza de su brazo. El pedrusco cayó sobre el can y lo derribó en tierra; después el perro se levantó callado y siguió desde lejos a su amigo muerto. Y enterraron al chico en un hoyo, apisonaron la tierra, se fueron todos, y todo quedó arreglado. Salió el sol y calentó la tierra. Los gorrioncillos picoteaban por el contorno, bullían y cantaban alegremente.

Se marcharon todos y quedó el cementerio vacío. Sólo permanecía allí el perro, que saltó la cerca y se plantó sobre la fosa de su amigo. Levantó el hocico al cielo y aulló; en todo el día no cesó de aullar un momento. Ya por la tarde su voz se había hecho ronca, su aullido era siniestro; apenas si podía quejarse. Pero al entrar la noche profunda, recobró el perro nuevo vigor y arreció en su aullido. Su voz era más siniestra que nunca; su lamentación tenía un tono de infinita, de imponderable amargura.

Tan grande era el terror que inspiraba aquel aullido siniestro en medio de la profunda noche, que los niños del enterrador, que comían castañas junto a la lumbre, empezaron a llorar de miedo.
-¡Mamá, mamá, ese perro!

La madre los acariciaba y procuraba consolarlos, pero los niños se asustaban más cada vez, y lloraban al oír aquella fúnebre lamentación.
-¡Mamá, mamá, ese perro!

Por último, el enterrador se levantó y descolgó la escopeta que tenía en la alcoba; salió y fué corriendo por entre los sepulcros. Y, agachándose paso a paso, llegó a diez pasos del perro y apuntó. El perro tenía el hocico vuelto al cielo, los ojos húmedos, el cuerpo tembloroso; aullaba y gemía, llamaba a su amigo, miraba la noche profunda, veía las estrellas que parpadeaban en el cielo; interrogaba el gran misterio de la vida, al misterio de la muerte…

En aquel momento, sonó un escopetazo y el perro enmudeció súbitamente; dió una vuelta en el aire, cayó, quedó tieso, muerto. Luego todo enmudeció, todo quedó tranquilo y silencioso, como si bajo el cielo estrellado nada, ninguna cosa hubiese ocurrido.
J. M. Salaverra


Tomado del Libro “Alma Latina”

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