Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

lunes, 3 de marzo de 2014

Libro

HISTORIA DE LA MÚSICA POPULAR MEXICANA

Los Inmortales de la Canción Ranchera

Los Años Cuarenta

A partir de los años cuarenta, puede considerarse al conjunto mariachi como definitivamente incorporado a la canción ranchera. Esto coincide con la total definición del estilo tanto de composición como de ejecución. Desde ese momento la canción ranchera se acompañó con un conjunto mariachi de trompeta si se trataba del estilo bravío. Por el contrario, si se trataba del estilo sentimental o de queja, se acompañaba de cuerdas y guitarras. Otra influencia determinante en la década de los cuarenta fué la incorporación de la canción regional autóctona o modificada según las necesidades del repertorio comercial de las disqueras y la radio. Los especialistas en sones jarochos o huapangos como Elpidio Ramírez, Pedro Galindo, los Hermanos Huesca, Nicandro Castillo y los Cuates Castilla fueron factores determinantes en la urbanización definitiva de los estilos regionales.

Dentro del contexto de un país que estaba en proceso de modernización y una metrópoli que iniciaba un monstruoso crecimiento demográfico, la difusión y la creación de canciones regionales, así fuesen urbanas, cumplían con una doble función: psicológicamente otorgaba a los millones de provincianos recién avecindados en el Distrito Federal una posibilidad de identificación con estilos de canciones regionales. Comercialmente, esta añoranza campirana bien explotada proporcionaba a los productores de películas la certeza de un taquillazo millonario si se empleaban las fórmulas y dosis exactas de canciones de influencia regional.

Nuevos Intérpretes

El aumento de la producción disquera fué característico de esa etapa. La canción ranchera, en competencia con el bolero que todo arrollaba, estableció récords de ventas sin precedente. Las compañías grabadoras fundaron premios y estímulos para los mejores intérpretes de la canción ranchera, al mismo tiempo que se iba formando el estereotipo de ella, tanto en su forma de ejecución como en su composición. Se insistía en las fundamentales diferencias entre uno y otro cantante o entre uno y otro creador de canciones rancheras. De esa manera, y después de cantar boleros y afrocubano, Miguel Aceves Mejía será alternativamente “el Cancionero del Falsete de Oro” y el “Berrendito”, ya que todo símbolo distintivo de un cantante de ranchero debía por fuerza tener connotación campirana. Aun la misma insistencia en la calidad del falsete provenía de la ejecución clásica del huapango de la Huasteca.

La publicidad de Luis Aguilar, el Gallo Giro de tantas comedias cinematográficas, además de señalar sus irrepetibles cualidades artísticas insistía en que, ante todo, Luis cantaba “como hombre y con voz de macho” como correspondía al acerado muchacho que en su natal Mazatlán se había dedicado a la reparación de lanchas. Todos los cancioneros accederán al honroso calificativo de charro aunque, como Felipe Charro Gil, se tratase de un costeño de Misantla con apellido libanés. Francisco el Charro Avitia dejó “el flautín con que pastoreaba las cabras en Pilar de Conchos, Chihuahua”, para “templar el gaznate” y cantar, en lugar de los tangos del inicio de su carrera, éxitos rancheros como “El Muchacho Alegre”, “El Águila Negra” y “Los Gavilanes”.

Estilos y Nuevos Creadores

El cantante de ranchero, contra lo que pudiera creerse, exhibe una peculiar forma de sentimentalismo que a primera audición podría confundirse con cierta violencia. En realidad, no hay tal: el grito es un sustituto de las lágrimas. La forma clásica de ejecución exige un atorón rítmico al final de cada frase, lo que podría confundirse con un portamento. El énfasis, la fuerza y la autoridad son indispensables, así como la sobreactuación en escena con abundancia de gestos vanamente explicativos. Musicalmente, los recursos son muy simples: portamentos, esforzatos y ritardandos que pueden convertirse en calderones para las frases climáticas y, finalmente, el uso teatral del falsete, que puede caer, inclusive, en medio de una frase para hacer un efecto de suspenso –muy esperado y aplaudido-, antes de terminar un giro melódico cuya conclusión es obvia.

El intérprete de ranchero ha gozado de una especial consideración y absoluta libertad en el uso de los manierismos que lo caracterizan. Sus gestos, su “chorro de voz” y sus posibilidades expresivas fueron el pedestal y la razón de ser de no pocas canciones. Numerosas veces, la voz de un intérprete famoso dió a una canción la posibilidad de completar el circuito de difusión formado por la radio, el cine y los discos.

Un grupo de compositores formó en los años cuarenta la vanguardia del género ranchero que, por supuesto, incluía una vez más a los insustituibles Esperón y Cortázar. Dentro de ese grupo destacaron Felipe Valdés Leal (1899), con sus canciones “La mal pagadora”, “Mi ranchito”, “Tú sólo tú” y “Entre copa y copa”, y Rubén Méndez del Castillo (1911), quien después cambiaría su nombre por el de “Rubén Méndez de Pénjamo”, grabaría “Con un polvo y otro polvo”, para después hacerse famoso, en 1950, con sus célebres “Cartas a Ufemia” y “Pénjamo”. Finalmente habría que hablar de Rubén Fuentes, que después de llegar a México con el Mariachi Vargas de Tecalitlán se inició como compositor con “La noche y tú”, así como el expresivo Chucho Monge, quien gracias a la relación de amistad con Lucha Reyes de 1938 a 1942 compuso canciones tan características del estilo ranchero como “Pa’ qué me sirve la vida” y “Cartas marcadas”.

Las Cantantes Bravías

La aparición de Lucha Reyes marcó el surgimiento del estilo de interpretación femenina de la canción ranchera. En 1927, después de una gira en Europa con la típica del maestro Torreblanca, la cantante había quedado afónica durante más de un año. Al recuperar la voz pudo entonar con un color de contralto y un matiz enronquecido y bronco la naciente canción ranchera-citadina. La personalidad y la neurosis hicieron el resto. Prodigaba su voz hasta desgarrarla, gemía, lloraba, reía e imprecaba. Nunca antes se habían escuchado interpretaciones de ese estilo. Sobreponiéndose a las críticas que no aceptaban su falta de refinamiento, pronto Lucha Reyes simbolizaba y personificaba a la mujer bravía y temperamental a la mexicana.

La atormentada artista, capaz de manifestar con toda franqueza que al cantar la canción “Rayando el Sol” sentía “ganas de echarse un trago porque un nudo se le formaba en la garganta”, estaba destinada a personificar el mítico personaje femenino encargado de dar voz a la canción del género ranchero. El estreno de “Guadalajara” de Pepe Guízar y “La feria de las flores” de Chucho Monge marcaron la culminación de una popularidad cortada súbitamente con su suicidios en 1944.

El estilo de interpretación se había fijado definitivamente. Las canciones que siguieron a Lucha Reyes tuvieron que adaptarse a ese estilo; sólo les restaba el recurso de un mayor o menor énfasis interpretativo, o de una tesitura más o menos grave. En mayor o menor medida, tuvieron que creer en el personaje y presentarse como auténticas sucesoras de su personalísima modalidad de ejecución.

(continuará…)

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