Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

lunes, 3 de marzo de 2014

Narraciones

¿Será Cierta la Fuga de las Estrellas?

por : R M P

Amigo Lector, este es un relato de una entrevista de Mister Gog a un astrónomo, contenida en el “Libro Negro” de Giovanni Papini, acerca de un alejamiento de las Galaxias con sus estrellas, como si huyeran unas de otras en todas direcciones a grandes velocidades a manera de loca carrera hacia puntos desconocidos del Cosmos. Esta verdad científica que proclaman los astrónomos como real, sin réplica alguna, por estar fundamentada en pruebas exactas en aparatos de alta precisión científica, siendo sus resultados, según ellos infalibles, que el entendimiento humano acepta como una verdad.

Sin embargo, se pueden objetar esos resultados, empleando una lógica también valedera. Para “no hacerla tan larga”, empieza a leer el citado relato que dice así:

El Astrónomo Desilusionado
Monte Wilson, 11 de julio.

Había subido hasta este observatorio, que posee el telescopio más poderoso de todo el mundo, para obtener las últimas noticias sobre el universo, de labios de un astrónomo que, en tiempos pasados, hizo sus estudios pagándole yo todos los gastos. No le había advertido mi llegada y no lo hallé. Pero, en cambio, pude hablar con su asistente, el doctor Alf Wilkovitz, un joven polaco de origen, que hasta me pareció demasiado inteligente para el puesto subalterno que ocupa.

Por ejemplo, ayer por la noche, mientras fumábamos y bebíamos en una de las terrazas del observatorio, bajo un cielo densamente poblado de estrellas como pocas veces se le suele ver, Alf Wilkovitz comenzó a hablar de improviso diciendo con voz cambiada:
-Mister Gog, siento la necesidad de confesarle algo que hasta ahora no he confiado ni siquiera a mis maestros. Pienso que usted me comprenderá mejor que ellos.

“Hasta hace algunos años, la astronomía me parecía la más divina de las ciencia, fué mi primer amor intelectual, apasionado y fuerte. Hoy en día, después de haber conocido más de cerca el cielo, me siento perplejo, turbado, dudoso, a veces hasta atemorizado. La astronomía me ha desilusionado. Compréndame bien: la Astronomía, como ciencia exacta, es uno de los más maravillosos edificios levantados por la mente humana en los últimos siglos, pero, en cambio, me ha desilusionado su objeto: el universo sideral.”

“Procedo de una familia religiosa, y desde la niñez resonó en mi alma el famoso versículo: ‘los cielos cantan la Gloria de Dios’. Pero, ahora que conozco mejor el cielo, que conozco de cerca de sus ocupantes y sus lugares, me parece que he sido traicionado. Me había imaginado al firmamento como una arquitectura inmutable y racional, completamente diversa del caos terrestre, como una esfera casi divina muy por encima de este planeta demasiado humano, y… en cambio…”

Alf Wilkovitz arrojó con rabia el cigarrillo encendido un momento antes y levantó su mano hacia el cielo estrellado:
-”¿Qué sucede allá arriba?, esto: innumerables e inmensos fuegos huyen y se consumen. ¿Por qué huyen?, ¿a dónde huyen? Estamos acostumbrados a las rotaciones regulares de nuestros planetitas alrededor de esa estrella mediana que es el sol. Pero la mayor parte de los astros huyen vertiginosamente, tanto las nebulosas como las estrellas adultas, y no sabemos a dónde y no sabemos por qué. Nuestras mediciones son ridículamente pobres, nuestros más poderosos telescopios se pueden parangonar a los ojos de un insecto que observaran fijamente las excelsas quebradas del Himalaya; el cielo que vemos no es el de hoy, el de este momento; en algunas partes es el cielo de hace varios siglos, en otras partes es el cielo de hace milenios. Parece que las nebulosas más lejanas se esfuerzan por alejarse cada vez más de la Vía Láctea, pero jamás sabremos por qué huyen y a dónde van.

“Los astros huyen como desesperados perseguidos, y al huir se convierten en fuego, es decir, se destruyen. Sus átomos se disgregan por millones cada vez, produciendo luz y calor, pero, ¿qué es lo que se ilumina con esa luz?, ¿quién es calentado con ese calor?, ¿tal vez se disuelven con tan loca prodigalidad a fin de que nuestras noches sean iluminadas con una pálida palpitación? Sería tonta soberbia pensar así, e inconcebible locura el gasto gigantesco hecho para lograr un efecto tan ínfimo. Los abismos siderales son tan enormes que ni siquiera esa gigantesca convulsión calorífera puede elevar mucho su temperatura”.

“Y sin embargo, millones de nebulosas, millares y millares de estrellas, desde hace siglos de siglos no hacen más que huir y destruirse, sin una razón imaginable. El derroche de luz y calor que se hace a cada instante en los inconmensurables golfos del firmamento, supera a toda posibilidad de cálculo y de fantasía. ¿Es posible que una inteligencia superior y perfecta haya querido esa dilapidación enorme, perenne y completamente inútil? ¿Para qué sirven esos innumerables y pavorosamente grandes fuegos huidizos, que continuamente nacen y arden, destinados a consumirse vanamente aun cuando demoren millones de años? Ante ese pensamiento la mente humana se confunde, aterrorizada ante ese espectáculo absurdo. Algo semejante sucedería si los hombres iluminaran todas las noches, con millones de lámparas y reflectores, el desierto del Sahara o los océanos árticos, lugares donde nadie habita y por donde nadie anda”.

“Pero esto no es todo. Hay en el cielo otros misterios que ningún entendimiento terreno podrá develar. Durante un tiempo se acostumbró imaginar al cielo como la sede y el espejo de la eternidad: otra ilusión y otra desilusión. Las investigaciones de la astronomía moderna han demostrado que también la ciudad estelar está hecha de úteros y de cadáveres, de infantes y de moribundos. Las gigantescas nebulosas en espiral son las matrices o las placentas de nuevas estrellas. Pero esos fuegos suicidas no son eternos: crecen, se dilatan, resplandecer con luz azul y clara en los vigores de la juventud, y después, poco a poco se empobrecen, adquieren color amarillento oro, luego el color de las brasas y finalmente se convierten en cuerpos negros e invisibles, en tenebrosos espectros de muertos que deambulan en los tenebrosos ataúdes del infinito.

El cielo es una infinita incubadora de infantes, pero es también un infinito cementerio de muertos. La ley del nacimiento, el crecimiento y la decadencia, que se creía propia de la efímera vida terrestre, es la ley que reina también en lo alto del cielo. Lo que se dijo acerca de los seres humanos: similares a hojas que se desarrollan frescas en la primavera y caen marchitas en el otoño, es también verdad para las estrellas. Esos inútiles fuegos fugaces son, al igual que los hombres, mortales. Tan sólo hay una diferencia: que los hombres viven por espacio de millones de segundos, y los astros viven millones de años, pero respecto de la eternidad, ¿hay en ello, alguna diferencia?

“Comprenderá usted ahora mi extravío y mi angustia. Donde creía hallar la perfección sublime de lo racional no he hallado más que un desgaste inútil, una prodigalidad alocada, un movimiento y una destrucción sin objetivo y sin razón. Donde creía hallar finalmente la majestad de lo inmutable y de lo incorruptible he hallado las habituales alternativas de lo pasajero y lo transitorio, del nacimiento trabajoso, de la juventud malgastada, de la decadencia senil y de la muerte inevitable. En cuanto regrese mi maestro abandonaré el observatorio y la astronomía. Al igual que los demás hombres, me contentaré con ser un pobre insecto hambriento que se mueve entre las hojas de hierba de los prados terrestres”.

Así me habló el joven Alf Wilkovitz; se notaba en su voz el temblor de la ira y en sus ojos se traslucía ese húmedo brillo que se asemeja al llanto.

X X X X 

Como dice el astrónomo desilusionado, que él creía que el firmamento era estable, armonioso, ordenado, pero qué grande ha sido su estupor, cuando se dió cuenta de los resultados científicos en el sentido que sucedía todo lo contrario. Nada de armonía; astros en tremenda carrera, alejándose unos de otros en constante y loco movimiento en la inmensidad del espacio. Ello causa desánimo en él, debiendo sentir los primeros síntomas de la locura. Sí, porque el caos y la nada, engendran cierto desequilibrio mental. Por eso, la ciencia sin mística es un veneno que mata la cordura, con negación de toda mística y de todo lo divino.

Bueno, empecemos a razonar sin aparatos, porque no tenemos dinero para comprarlos. Hace miles de años, quizá millones, que los hombres desde las más remota antigüedad, empezaron a observar el firmamento. Luego de muchas observaciones, delineando los primeros mapas celestes, ordenando ciertos grupos de estrellas que nombraron Constelaciones y hasta nombres les pusieron, porque además, encontraron cierta similitud con los meses y años con el movimiento de la tierra.
Estas constelaciones tienen nombres tales como: Constelación del Escorpión, Orión, el Can Mayor y el Can Menor, el Centauro, etc. A estos hombres se les llamó Astrólogos. Pues bien, desde hace todos esos miles, quizá millones de años, todas las estrellas de la galaxia se encuentran en su mismo lugar, ningún cambio aparente se ha notado en tiempo alguno. Es más, los movimientos de nuestro planeta tierra y sus hermanos del sistema planetario vienen desde hace milenio tras milenio, realizando sus travesías, con matemática precisión. La estrella polar siempre está coincidiendo con el polo norte de la tierra. Todo viene funcionando con admirable precisión sin retardo alguno.

Entonces, si fuera cierta esa fuga de galaxias, con sus millones de soles-estrellas, ya el firmamento hubiera cambiado de forma muchísimas veces, cosa que no ha ocurrido. Entonces ¿qué es lo que ha estado pasando? Bueno, el mismo astrónomo desilusionado dice: “Nuestras mediciones son ridículamente pobres, nuestros mas poderosos se pueden parangonar a los ojos de un insecto que observara fijamente las excelsas quebradas del Himalaya”.
Esto que dice el astrónomo desilusionado es muy cierto porque no se trata de distancias cortas, como lo son de la tierra a cualquier mundo de nuestro sistema planetario, se trata de “años luz”. En efecto, la luz recorre una distancia de 300,000 Km. por segundo. ¿Cuántos Km. son por semana, por mes, por año, por cientos o miles de años? A esas infinitas distancias, no sabemos ¿qué clase de fuerzas eléctricas se encontrarán en aquellos espacios? Esas fuerzas desconocidas pueden distorsionar las visiones telescópicas de nuestros aparatos por grandes que sean, captando movimientos de los cuerpos celestes que no son reales.

Vamos a señalar un ejemplo: una persona está en el borde de un estanque de agua clara. Hay luna llena a medio cielo, ésta se reflejará tal cual es en la superficie del agua, muy quieta, muy serena. Alguien llega y arroja con fuerza en el agua un objeto pesado, se agita el aguan, entonces la luna se verá moverse para todos lados. Algo semejante sucede cuando viajamos en autobús rumbo a Celaya. Vemos por la ventanilla pasar a mucha velocidad casa, árboles, gente, etc. Pero el entorno no es el que se mueve, somos nosotros los que vamos “volando”.
Tampoco puede ser cierto que hay desorden sideral. Si lo hubiera no estaría la Vía Láctea (Camino de Santiago) casi a media galaxia. Tampoco estoy de acuerdo con la teoría de que el origen del Universo se debió a una “explosión cósmica” que algunos teólogos modernos empiezan a creerla como verdad científica. Por estas y otras muchas cuestiones incomprensibles para el entendimiento humano, el filósofo alemán que es de los más altos racionalistas dice con bastante razón: “Nadie posee la verdad”, barriendo hasta con los científicos.- Sólo que en mi concepto, a ese axioma le faltaron dos palabras, debió decir: “Nadie posee la verdad, excepto Dios”.
Sí, estimado lector, pues sin temor a errar podemos afirmar: Sólo el creador de todas las cosas visibles e invisibles conoce con toda exactitud la verdad sobre el origen de tantas cosas inmensas y maravillosas. Al respecto, nosotros los hombres en muchas definiciones, sólo andamos dando “palos de ciego”. Hasta aquí llego amable lector, es tan inmenso y tan luminoso el tema, como tiene también insondables obscuridades que yo apenas lo rozo con mi pluma y sólo puedo decir como el gran Sócrates: “Yo lo que sé, es que no sé nada”. FIN.

Juventud Divina

Oh, Juventud Divina, que nos dejas un tesoro, de bellos recuerdos vividos en aquella juventud. De alegres serenatas llevadas a los amores, cantando bonitas canciones que las hacían suspirar.

“Te traigo serenata”, “Morenita mía”, “Hay unos ojos”, “Siempre viva”, “Para siempre” y un sinfín de hermosas melodías, y para despedirnos, “Hasta mañana”.

Ese mañana que sería sublime y apasionado, agarrados de la mano en el jardín principal, o tomando un refresco en la nevería del portal, con los amigos ni se diga, de anécdotas y recuerdos, en algún festejo de alguien o en deportivos encuentros, con triunfos y derrotas, pero todos muy unidos gozando de la juventud que es un precioso don divino.

Hermosos recuerdos revividos ya en la senectud con los amigos dispersos, otros ya fallecidos, pero siempre recordando y añorando aquellos años de hermosa y bella juventud.

J B


Nos gustaria saber lo que piensas del blog, escribe un comentario (* campos obligatorios)