Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

martes, 10 de julio de 2007

Poesía de su época adulta.

“Paulo maiora canamus”, diría nuestro poeta, como dijo Virgilio y como decimos ahora nosotros. Vamos a cosas más altas. Época de madurez del poeta. En un cuaderno de casi 400 páginas, manuscrito con una bellísima caligrafía, aunque al final ya un tanto tembloroso, (está fechado en 1943) Don Federico recopila un sinnúmero de poemas que van desde 1927 hasta su muerte. Ahora, ya no jesuita, aunque con cierto espíritu de la Compañía, se codea con la aristocracia poética de México y del mundo hispánico.

El P. Escobedo se encuentra por ese entonces, primero en Teziutlán y después en Puebla de los Ángeles y finalmente en la Ciudad de México. Desde su estancia en la sierra de Puebla, Federico se convierte en un poeta sensual. La sierra despierta en el poeta el sentido de la naturaleza, de la hermosura vegetal y brumosa que todo lo transforma en misterio. Pero eso no nos interesa por ahora. En esta época se da a conocer: descubre al otro y es descubierto por el otro. Por ejemplo, ya en 1928 le dedica un largo poema a Alfonso Junco, un laico poeta de Monterrey y un poeta católico sin miedo, y dice de él que “remonta el cielo cuando canta”. Descubre después al autor del Pozo de Jacob, D. Octaviano Valdés, ambos serían miembros de la Academia de la lengua:

Permite, pues que baje a tu cisterna

que harto profunda es,

para en ella escuchar la “Rima Eterna”,

Octaviano Valdés.

Traba amistad grande con los hermanos (“fratres Helenae, lucida sidera”)

Méndez Plancarte:

¡Bien hayan los hermanos

Alfonso y Gabriel Méndez Plancarte,

en cuyas sabias manos

del alma fe y del arte

va flotando triunfal el estandarte.

Estamos en 1937, los tiempos opimos y culturalmente abismales de la revista Abside, fundada precisamente por los tres anteriores. Amigo de sus amigos, también lo fue de Aurelio Espinosa Pólit, jesuita ecuatoriano, humanista y colaborador de la revista antes nombrada. Y siguiendo con las “aves de su enramada”, encontramos a mucha gente llena de arte y amistad: Julio Delgado, “de áurea boca”; Sánchez León de “byroniana garra”; Gabriel Sánchez Guerrero con su poético laúd, con Antonio Caso rector de la Universidad Nacional ......

Dedica áureos homenajes a Ipandro Acaico ; a varios literatos colombianos; manda epístolas elegiacas a amistades de fallecidos miembros.

Y de repente, ya en la página 88 del voluminoso cuaderno manuscrito, me encuentro con los sonetos. ¡El soneto! La estrofa-poema de más alcurnia y quizás la más difícil de componer. Mi memoria vuela hacia Petrarca. Federico los anuncia con un dístico propio:

“Plura soneta patent: tu sume e pluribus unum

quod minus ingratum sit tibi, lector amans”.

Y cita una sentencia del retórico Boileau: “un soneto sin defecto, vale más que muchos poemas largos”.

Sería muy prolijo hacer un estudio sobre estos poemas (son cerca de cien). Reseñaré alguno que otro que a mi parecer merecen recordarse. Una cosa es cierta: Federico es uno de nuestros mayores sonetistas.

“Non fecit taliter omni nationi”

A doquiera que vuelvo la mirada,

encuentro, ¡oh Virgen! de tu amor la huella,

pues dondequiera de tu Imagen bella

alguna aparición hay celebrada.

De Clovis la nación afortunada,

con la de Lourdes gran señal, descuella;

por Italia es Loreto clara estrella,

y España, en su Pilar, vive apoyada.

Eres, en Lourdes, el más dulce encanto,

en Loreto, tesoro el más bendito;

y roqueño bastión en Monserrate.

Mas a nación ninguna has hecho tanto

como a la mexicana; de un indito

quedándote estampada en el ayate.

La Virgen Cazadora.

Nuevas industrias de inventar no acaba

tu apasionado corazón, Señora;

hoy, disfrazada ya de Cazadora,

mil dardos llevas en bruñida aljaba.

Rauda pues en el ciervo - que se alaba

de invulnerable - haz blanco; y sin demora,

en mitad de su frente retadora

o en su entraña cordial, tus flechas clava.

Mas si a piedad y compasión movida,

con las flechas matarle te da enojos,

temerosa tal vez de que teñida

de sangre quedes por los gules rojos;

entonces, Virgen, ¡quítale la vida ....

al menos con las flechas de tus ojos.

Fausto aniversario. (1900-1925)

¡Cinco lustros se cumplen este día

desde el feliz en que, por vez primera,

nuevo Josué, detuve en su carrera

al Sol de la divina Eucaristía.

De entonces, en mis manos todavía

teniéndole cautivo, reverbera

ese divino Sol, que, hasta que muera

ha de ser el imán del alma mía.

Tras de su luz, cual girasol amante,

he de seguirte en incesante giro;

y teniéndole siempre por delante,

le diré con amor “tan sólo aspiro

a vivir contemplando tu semblante

y así exhalar el postrimer suspiro”.

Juana de Asbaje.

Dios, que es de la hermosura soberana

el más hábil pintor y el arquitecto,

quiso en tí acumular lo más selecto

cuando tu cuerpo modeló, Sor Juana.

Amalgamó la nieve con la grana

de tu faz en el óvalo perfecto;

y dio a tu busto, del volcán erecto

la fina curva que en subir se afana.

Y a los de seda tumultuosos rizos

campar dejó sobre tu frente pura,

viéndolos de besarla antojadizos.

Acendró de tus labios la dulzura,

y te donó el mayor de los hechizos:

¡la luz del genio, que inmortal perdura!

A Ipandro Acaico.

Este que veis de venerable frente

y de insignias el pecho constelado,

de la grey potosina es el Prelado

y de las letras lámpara fulgente.

es, al hablar, un Néstor elocuente,

río de miel, que corre sosegado ...

Mas truécase en torrente desatado

cuando del mal se opone a la corriente.

Debió, atento su ingenio peregrino,

en las playas nacer del fértil Lacio

o a orillas del Eurotas cristalino.

Se codea con Píndaro y Horacio;

y de su fama el resplandor divino

vuela a través del tiempo y del espacio.

Termino esta pequeñísima selección de sus sonetos, con uno que nos recuerda el inmortal “no me mueve mi Dios para quererte” de Fray Miguel de Guevara.

Muéveme a amor sobre la cruz abiertos

tus brazos ¡oh Cordero Inmaculado!

Muéveme ver tu cuerpo lacerado,

rotas las sienes y los miembros yertos.

Muéveme asaz tus ojos, que despiertos

me contemplaban siempre con agrado,

pero que ahora ¡oh dolor! se han eclipsado

y están de eterna lobreguez cubiertos.

Muéveme el ver la afrenta que te han hecho

de colgarte en unión de dos ladrones,

y áspera cruz brindarte como lecho;

Pero me mueven más los ricos dones

del agua y sangre de tu herido pecho,

con que mueves y ganas corazones.

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